Memoria olfativa

Al paso del tiempo, nuestra vida se marca con imágenes y se ritma con músicas que impregnan profundamente nuestra memoria. Años, e incluso décadas después, esas imágenes y esas músicas siguen allí, más o menos accesibles al capricho de nuestras reflexiones y ensoñaciones. Ocultos en un rincón de nuestra memoria se anidan también olores, fragancias y perfumes del pasado. La emoción que se experimenta cuando resurgen inesperadamente estas madeleines olfativas es de aquellas que embellecen nuestra existencia y, durante un instante fugaz, nos transportan lejos en el tiempo y en el espacio…

Esos olores de nuestros años jóvenes, esos perfumes del pasado, sabemos que están ahí, enterrados en los pliegues de nuestro sistema límbico. Pero si percibimos su presencia, resulta difícil, por no decir imposible, darles cuerpo nuevamente solo con nuestra voluntad. Y es por casualidad, al doblar un sendero de garriga, a lo largo de un camino de sirga, en la penumbra de un granero polvoriento o en el secreto de la calle empedrada de un pueblo adormecido en las languideces estivales, que nuestras fosas nasales se llenan de pronto de estos testigos del pasado, de estos marcadores indelebles de una infancia ya tan lejana para algunos de nosotros.

Exhalación potente de las retamas en flor cuyas vainas estallarán en pequeños crujidos secos en el corazón del verano (descubriré más tarde la de su primo marítimo, la aulaga, que, en los primeros calores de la primavera, desarrolla un aroma embriagador de… coco). Perfume embriagador de las madreselvas silvestres, aquí entretejidas en setos de espinos o escaramujos, allá lanzadas a la conquista de un viejo muro. Bouquet característico de los pinares, compuesto de una agradable mezcla de aromas de cortezas y savia, entremezclados aquí y allá con aquellos, ora discretos, ora dominantes, de estos hongos del sotobosque de nombres a veces extraños, como la entoloma lívida o la inocybe de Patouillard, e incluso pícaros, como el célebre falo hediondo, también denominado falo impúdico.

Sin olvidar el aroma del tomillo, omnipresente en ciertas rocallas soleadas; o aquel, reconocible entre mil, de la menta, tan frecuente en las orillas sombreadas de los arroyos. ¿Y qué decir del ajo que coloniza en primavera los taludes con un perfume tan característico e invasor? ¿O de la angélica y el hinojo, estas umbelíferas cuyo follaje, hecho de delicados penachos, desprende en el calor del verano una fragancia tan agradable cuando se frota entre los dedos? Cómo, además, pasar por alto el cisto, el romero, la salvia, la mimosa, omnipresentes en ciertos parajes y que me tocará esperar largo tiempo para apreciar sus perfumes, por no haber frecuentado en mis primeros años los terroirs meridionales donde se expanden.

Inmortal evanescente

El perfume natural es frágil, fugaz como una brisa que atraviesa la nariz cual viento del ancho mar que arrastra consigo un olor tónico, embriagador, cautivador como un bouquet mezclado de azafrán y curry indio: el perfume de la siempreviva adherida a la tierra rocosa de una costa. Sus flores escamosas, que parecen recortadas en una hoja de viejo oro, ya no cambiarán de apariencia, semejantes a una momia vegetal seca sobre su tallo que exhala sus últimos efluvios. La imagen de la vida congelada en la espesura del tiempo, de la que solo queda un rastro sutil, una reminiscencia poética.

Cuando el oro del sol otoñal espolvorea sobre el viejo oro de las siemprevivas con perfume de azafrán y curry indio, nuestra existencia efímera se exalta con los mil sabores entremezclados de una vida que cruza otras mil. Instantes insignificantes en el curso del mundo, pero con un reflejo de nube sobre la piel o una ráfaga de viento cargado de América Latina o del Sáhara. Y la siempreviva morirá feliz de haber soñado su propia permanencia, esperando que un fragmento de ese sueño se adhiera a una molécula de nuestro cerebro, que la magia de las descomposiciones reciclará en molécula de perfume embriagador: el recuerdo de las siemprevivas.

El perfume natural exige sensibilidad y atención al mundo, una presencia sensorial, sensual y asociativa. Para que usted se convierta, a su vez, en la siempreviva de otro ser cuyo recuerdo perdure y que la realidad evoque.

Invitación al viaje

Frutos de mis viajes, de mis encuentros vegetales, terrestres y humanos, de mis compromisos, mis perfumes son reflejos y llamadas. Del entusiasmo florido de los perfumes femeninos al empeño boscoso de las notas masculinas, del calor suave de los países tropicales a los olores densos y contenidos de los bosques de Siberia. En la infinita complejidad de los acordes, la búsqueda de lo singular, de aquello que nos caracteriza como ser histórico destinado a vivir en esta época y en ninguna otra, prevalece en mi enfoque sobre la búsqueda de una imposible perfección, antagonista de la naturaleza.

Si cierra los ojos, podrá, simplemente respirando, viajar con las esencias y acompañarme en un camino a la vez auténtico y sensible.